Nos encontramos en el lobby del hotel, donde acabas de llegar después de un vuelo de 10 horas, por primera vez.

Me habías anticipado tu llegada por Messenger y concretamos los detalles vía e-mail.

Yo acudo ese día a clases como si nada; pero dentro de mí, siento el nerviosismo de lo "inevitable". Empecé a contar los minutos desde el momento mismo en que me dijiste que despegabas de Ezeiza con rumbo a México. Seguí contando mientras dictaba cátedra y, después… mucho después.

Ese día, y pensando en lo que vendría, escogí mi atuendo con más cuidado que nunca. Sabiendo tus preferencias, el color rojo predominó en mi vestimenta: Un vestido rojo combinado con blanco; de tirantes y entallado, campera de cuero rojo, bolso y zapatillas con tacos muy altos a juego.

Tú, mientras tanto, te preparas para tu vuelo, como siempre lo haces, con la dedicación y el cariño que le tienes a tu trabajo; pero no puedes evitar cierto nerviosismo que tu copiloto percibe, y del que no puedes dar explicación. Finalmente te dominas y llegas con buen tiempo y sin novedad al Aeropuerto de la Cd. de México.

Mientras tanto, como quedamos yo llego a tu hotel, impaciente, porque después de tanto tiempo al fin voy a conocerte. No bien arribo, te llamo a tu habitación y decides bajar a recibirme al lobby.

Cuando por fin te veo, ¡no doy crédito! al elegante Capitán uniformado que tengo frente a mí. Nos quedamos mirando el uno al otro sin saber qué hacer o qué decir; hasta que finalmente nos damos un abrazo largo y profundo que momentáneamente calma nuestras ansias de estar juntos.

Aunque la vibración de nuestros cuerpos es una y no se puede sustraer al sentimiento; decidimos dar un espacio a la conversación y las batallas verbales que tanto disfrutamos durante tantos meses.

Mientras tanto, el deseo crece a cada minuto y cuando tomamos el café sentados en la terraza del restaurante, siento que me falta la respiración y no puedo más; es entonces, cuando te das cuenta que no llevo sostén y que mis pezones están a punto de traspasar mi vestido rojo entallado. En ese momento, nos damos un largo beso, sin importar que estemos en un lugar público, y que será el preludio de mayores goces y sensaciones.

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Decidimos pedir la cuenta, que sentimos tarda una eternidad, sin embargo, sólo pasan cinco minutos en los que no sabemos cómo paliar el fuego que nos consume.

Intentamos dar un pequeño paseo, pero no es posible; ya que el deseo aumenta cada segundo.

De regreso en el hotel, cruzamos el lobby guardando una extraña compostura, pero… en el momento en que se cierran las puestas del elevador, comidos por el deseo, comienzas a abrazarme y besarme de manera incontenible.

Una vez instalados en el cuarto de hotel que será nuestro por las siguientes horas, minutos, segundos… qué sé yo. Seguimos besándonos apasionadamente, conociéndonos, reconociéndonos e investigando en cada rincón de nuestros cuerpos. Lentamente, bajas la cremallera de mi vestido y quedo completamente desnuda ante ti, feliz de estar ahí y completamente abierta a lo que venga y al cúmulo de sensaciones que se agolpan por momentos; mientras recorres mi cuerpo con tu lengua desde mi boca hasta mis pies; muy despacio y deteniéndote primero en mi cuello, después mis hombros hasta que llegas a mi pecho que arde nada más sentirte cerca. Con tu lengua lo recorres y te detienes en mis pezones; primero el izquierdo, luego el derecho, los chupas y los muerdes hasta que empiezo a gritar de placer en lo que parece no tener fin. Enseguida continúas tu camino, recorriendo mi estómago y deleitándote con mi ombligo en donde me haces conocer las más diversas e inolvidables sensaciones. Sigues tu camino hacia abajo hasta llegar con tu lengua hasta lo más profundo de mí y, nuevamente, comienzo a gritar por el inmenso gozo que siento; aunque tú, sabiamente, decides prolongar este placer que ambos sentimos un poco más; colocándote sobre mí y acomodando tu pene entre mis senos, mientras me pides que los sostenga con mis manos; lo frotas y acaricias mis pezones con esos dedos tuyos que hacen magia en mí.

Acto seguido, cuando vemos que no hay alternativa, decides estar dentro; y lo haces poco a poco, con delicadeza e incluso pena al principio, una vez que estás dentro comienzas a moverte y a empujar con gran rapidez, una vez…y otra… y otra más…. Finalmente, en medio del mayor éxtasis y placer para ambos; terminamos fundidos en un abrazo que no tiene principio ni final.

Cuando nos damos cuenta, ha anochecido y decidimos dormir uno en los brazos del otro, saboreando lo que nos depara el día siguiente.

Cuando despierto, tú aún continúas durmiendo, fijo la mirada en ti y en tu respiración acompasada yo encuentro el descanso y la armonía para el día que se avecina y que promete mayores cosas que el anterior.

Movida por el deseo que me consume, levanto las cobijas y empiezo a chupar tu pene; poco a poco te despiertas y de momento no sabes qué está pasando. De repente te das cuenta de que esta sucediendo y empiezas a ponerte duro y a acariciar mis senos mientras sigo con mi tarea auto-asignada, primero despacio y en la punta, luego bajo hasta casi sentirlo en mi garganta; muevo mi lengua de arriba a abajo, chupeteo la punta y le doy pequeños mordiscos juguetones, hasta que no puedes más y explotas en mi boca, haciéndome la mujer más feliz y única de este mundo.

De nuevo, juntos en la tina, experimentamos el placer del agua caliente recorriendo nuestros cuerpos que aún no han sido saciados y que piden a gritos más de uno y otro. De repente, me sorprendes vaciando la tina y abriendo la ducha, y en ese mismo instante comienzas a enjabonar mi espalda y de ahí pasas hacia delante a enjabonar mi pecho y a tallarlo con tus manos, estrujando mis senos una y otra vez; me haces voltear hacia ti y ahí mismo sin miramientos, dentro de la ducha, me haces tuya otra vez.

Después del desayuno, nuestras ansias parecen no apagarse y la palabra postre suena más que tentadora; así que sin previo aviso de mi parte, blusa y sostén desaparecen y comienzo a prepararte el postre poniendo en mi pecho mermelada de fresa y aderezo mis pezones con miel, mientras veo tu mirada golosa recorrer mi cuerpo, deteniéndose en mi pecho y mis caderas. Casi sin pensarlo, estás encima de mi otra vez disfrutando del dulce.

Momentáneamente me has dejado sin aliento y aprovechas para quitarte el pantalón que te aprisiona y el mío por el camino. Me pones a gatas y empiezas a chupar mi ano, yo me trato de quitar, aunque la sensación es muy grata, porque es una parte inexplorada de mí y me da miedo el dolor. Sigo negándome, pero tú con infinito cariño y paciencia me convences y tratas de que sea lo menos traumático para mí. Tomas un poco de manteca y la untas en tu pene que esta a punto de explotar y, poco a poco vas haciendo que me relaje y tranquilice. Una vez logrado eso, intentas meter la punta, pero mi ano continúa cerrado y, tratas de abrirlo con la mayor delicadeza posible. Intentas entrar y los consigues con esfuerzo pero casi sin lastimarme. Para mí es una de las mayores sensaciones jamás tenidas, comienzas a hacer tu trabajo y los dos terminamos una vez más, juntos y felices. Ese momento, en que estamos en la gloria, ha sido el mejor de nuestras vidas: relajante, lento, único e irrepetible….

Desafortunadamente para ambos, el tiempo corre y el mundo real nos alcanza, por más que queremos huir y estirar el poco tiempo que nos queda, es más que hora de volver a la realidad. Con infinita tristeza recogemos nuestras pertenencias, dejando atrás las 48 horas de ensueño que nos tocó vivir. Debidamente arreglados, dejamos el hotel y te llevo al aeropuerto, donde después de nuestro último beso, veo cómo tu avión se aleja, llevándose lo mejor de mi vida. Hasta la siguiente vez que podamos volver a encontrarnos.